Tenía 13 años y me encontraba en una cancha de básquet al aire libre, en Argentina, en 1974, moviendo mi cuerpo al compás de un pequeño instrumento de percusión, un pandero, que emitía sus sonidos a partir de los golpes que generaba mi primer gran maestro, el profesor de educación física Mario López.

Con él explorábamos todo de una manera singular. A través de esquemas y patrones rítmicos.

Cuando incorporábamos algún elemento, por ejemplo un bastón o una pelota, buscábamos creatividad y ensamble sin la conciencia de ello pero con la consecuencia de ello.

Ese día en la cancha, éramos casi 40 jovencitos, que soltábamos las pelotas de goma al unísono y conseguíamos mágicamente un solo sonido “estremecedor”, como si los 40 hubiéramos desaparecido en el mismo instante en que producíamos ese “único” sonido y todos fuésemos uno.

Aquel día experimenté un gran salto hacia un nuevo camino. El misterio del ritmo, sus latidos universales como una guía majestuosa, soberana, perfecta, que existe detrás de todas las cosas
y es la esencia de todo.

En el año 2000, 26 años más tarde, en Barcelona, la vida me regalaba otra ofrenda maravillosa. Me encontraba en un teatro a punto de comenzar un taller con Monika Pagneaux, la entrenadora de
los actores de la compañía de Peter Brook. Ella había realizado una selección de cada uno de los presentes basándose en sus respectivas trayectorias y sus palabras de bienvenida fueron:

“Queridos directores, queridos actores…Todo esta en el Ritmo”. Inesperadamente, mientras lo decía, me miró con complicidad y yo estallé de felicidad.

Esa felicidad es la que busco compartir profundamente con tantos seres humanos como sea posible. Para mí, ese es en definitiva, el verdadero sentido del arte.

RUBÉN SEGAL